Romance de Luna y Azucena

La Luna y las azucenas,
cuentan los ríos gallardos,
sujetaron un romance
en sus más jóvenes años.
Un poeta lo narraba
con su garganta de mago:
¡Ay luna, ay las azucenas!
Era su hijo. Maldito hado,
lo llevó a ser azucenas
junto a la luna, el descanso.
Ahora es el mar quien habla
y es de su voz lo que narro.

Ya avanzan aguas nevadas
en la calle afán y esparto
desbordados de ojos que
se ahogan en secos nardos.

De torrentes de amapolas,
vestidos cuatro caballos.
Llevan un verde aguacero
que habita de presas manos
y siembra gélido plomo.
Entre olivos maltratados,
reptan los cuatro jinetes,
portando un farol de rayos
lo que ha de brillar enturbian.
Con su negro ojo de estaño
y su celda helada gimen
risas de una flor de espanto.

Roja sangre de Granada,
plaza de verano amargo.
Sobre el alma del silencio,
caen los amores blancos.
Blancos muros, roja sangre
visten los trigos borrachos
de tanto esconder los cuerpos
entre sus aires de amianto.

Ha vuelto a forjarse el alba
y reabren los establos.
Las ciudades de perfil
aguardan a los caballos,
de sedientos filos negros
los párpados son cerrados.
Los mira una luna amarga,
perseguida por los astros.

¡Ay, la Luna de Granada!
¿quién recogerá los ramos
de celestes azucenas
antes de que venza el barro?
Pronto brotó la hierba mala
tiñendo de sangre el rastro
de las bocas y los sueños,
¿quedará belleza en algo?

La Luna maldice a tramos:
el poder de sus palabras
y el silencio de su canto.
Ahora la luna es roja,
y ya vienen los caballos
arrastrando bibliotecas,
directamente al ocaso.
Mientras cabalgan sonríen
al contemplar el desgarro
de sus cascadas lunares
y el trueno de sus disparos.

¡Boca alada de Granada!
Vienen con sus yermos clavos
para coronar tu estrella
de brotes de pies descalzos.

Sombra de la verde estirpe,
señores del nocturno árbol
vinieron por la alta calle
a un hombre estaban buscando,
Se llevaron frutos rojos
y una blanca urbe a su paso.
Ellos decían ser hombres
mientras iban por el llano,
pero su alma era ceniza,
su carne, ciprés quemado.
Portaban a Federico.
En la Luna, solo el llanto.

¡Ay, alta luz de Granada,
en tu centro pondré un ramo
con tu estrella de azucena
para señalar el lago
donde hundieron tu garganta!
¡sin azucenas ni canto,
ay, la Luna de Granada,
ay, Lorca, ya silenciado!

Ellos con su rancio verde
y su raíz de castaño
pusieron una corona
de lágrimas y arañazos,
sobre su nombre ancestral
y su poder hortelano.
Una luna de oro y lilas
corta, uno a uno, sus pétalos

Muerto cayó Federico,
estando el gran mar sentado,
ya las estrellas tejían
finos hilos de naranjos.
Cuando el camino avanzaba,
silencios de campanarios
anunciaban la última hora.
Llorando la luz de un patio
lágrimas de clavel rojo.
caían futuros granos
sobre un arroyo de arena
del que brotaban sus labios.

La tormenta sonriente y
tristes, los tristes caballos
ponen arena afilada
sobre un corcel de nardos.
Su canto azucena mira
a una luna de costado
temblorosa de cristales.
En agosto se miraron
la luna y las azucenas
¡nacidas entre sus brazos
y separadas de un golpe
por un camino temprano!

Muerto cayó Federico.
Ya había arena en sus labios
sobre su escultura, lirios
en sus ojos, negros nardos.
Sobre su juventud, luna
de alba arena y alabastros.

¿Dónde está nuestro poeta?
Ellos, que el viento, quemaron
nunca encontraron tu muerte,
porque cuando te llevaron
ya vivías en nosotros.
Te nombramos y buscamos,
ahora, entre aguas y flores,
entre olivos, alba y cantos.
Sin parar hasta encontrarte,
moveremos en un acto
hasta el color de los vientos,
porque sabemos que vamos
a encontrarte y estarás,
fresco y jinete, tocando
una guitarra de mar
y un piano de sierra y prado.

 

 

 

A Federico García Lorca,

por lo que fue, por lo que es y por lo que será.

A todas las sin nombres de la historia que sufrieron el mismo destino.

 

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