Dialéctica de la primavera es un diálogo entre lo trascendente y lo humano, lo poético y la naturaleza. Lo subjetivo y la materia.

Este poemario nació en un principio como un intento de recuperar todas esas primeras poesías que escribía y dedicaba a los montes vistos desde lejos, desde el recuerdo.

Sin embargo, en ese dejarse llevar con el que suelo terminar escribiendo, el poemario así concebido, naufragó y adquirió otras formas, las formas que tiene el viaje que es la vida.

Así este poemario presenta una clara línea temporal, reflejada en el paso de un solo día desde el alba hasta la madrugada, y además presenta también un viaje en su sentido físico. Además, a lo largo del desarrollo va apareciendo la poesía como protagonista de todo el conjunto, mostrando esa lucha constante que tiene el poeta con la poesía o la poesía con el poeta, que lo es también la lucha que tiene la vida con cualquiera o éste con la vida.

Así, Dialéctica de la Primavera se inicia en el lubrican de la mañana, antes del alba, pero empieza al igual que mi infancia en una dehesa salpicada de bosques de pino y de colinas suaves que se pierden en el horizonte. Pero empieza también con la llegada de la primavera en una visión onírica previa al amanecer, para luego, despertar en estos campos recordando haber visto por primera vez a la poesía, que toma forma como protagonista por primera vez.

En esta primera parte, se escribe desde el monte y para el monte en primavera.  Es una poesía amable sin profundos dolores, en un intento de un relato fresco y ligero como la brisa de primavera en un pueblo pequeño, que es también el centro de todo.

A medida que avanza la mañana y uno se va despertando va dejando atrás la manera como las cosas aparentan ser para verlas como son realmente. Ahí, comienza el primer conflicto poético en el que la poesía empequeñece y domina al poeta. En esta etapa, el tiempo ha pasado y en las dehesas se vislumbra el abandono y la soledad, también se ve la terrible realidad de su principal ladrillo, las encinas, que van muriendo dejando recuerdos que muerden la llanura y la colina. De esta forma, la melancolía empieza a ganar peso dentro del poemario, una melancolía que no admite esperanzas para la dehesa ni para las encinas de las que se despide y tampoco para el mundo rural que va siendo despojado no ya solo de sus gentes sino también de su propia naturaleza interna.

A partir de este punto, se inicia el viaje físico. Las condiciones materiales de existencia que doblegan a la mayoría del mundo rural a abandonarse, a arrancar sus raíces de cuajo y buscar otro sitio que le permita la supervivencia. A lo único a lo que como proletarios podemos aspirar en este sistema de producción. En esta etapa de Dialéctica de Primavera, se emprende el viaje desde el mundo rural al urbano, desde el campo a la ciudad, desde esta tierra mineras a una urbe que no conoce las profundidades de la tierra.

Aquí la melancolía va creciendo al igual que el sonido de las despedidas, hasta que la poesía aparece pesada como una cadena de la que hay que escapar, aunque esta idea se presenta como un sueño lejano y secreto. La poesía se descubre así de todo su vestido de luces y mariposas y se muestra negra, metálica y afilada. Al mismo tiempo, se grita a la primavera y a su retorno, a una primavera que en este tiempo también se ha perdido.

Así, se llega al mediodía, con ese sol permanente y desgarrador de nuestra tierra, que es ya así de terrible en estas nuevas pequeñas primaveras. A partir de aquí se escribe desde la ciudad, desde ese mundo mercantil y veloz de las urbes, pero siempre con la nostalgia del verde de los campos y de la paz de las casas blancas y de los horizontes abiertos. Esto coincide, con el rechazo al dominio de la poesía como protagonista, pero también el dolor que deja su ausencia y el inicio de su búsqueda, desde una ciudad que enjaula y que rompe todas las formas de la libertad alejadas del mercado.

Después de todas estas batallas, los ojos vuelven al mundo rural desastrosamente abandonado, pero con un deseo férreo y perpetuo de volver al punto de partida, al lugar de origen… Se escriben las memorias de lo que era y de lo que es, desembarcando en una nueva discusión, esta vez más larga, con la poesía. Esto conduce a convertir el hogar de origen en el último bastión en resistencia, en el pilar más fuerte desde el que comienza a esgrimirse la poesía con una carga más vital y más viva, pero sin alejarse de la melancolía de un pasado ya lejano.

Momento en el que ya llegamos al atardecer, produciéndose el reencuentro con la poesía y sintiendo, como decía antes ese poder de las raíces desde las que parte nuestra vida. Que, aunque muchos las rechacen o lo traten como algo antiguo, al final pronto o cuando las arrugas les aprieten la cara, se darán cuenta de que esas raíces siguen ahí debajo de su piel y en lo profundo de su pecho. Y en este volver al origen, se devuelve la imagen poética de la cuenca minera, dejando atrás la dehesa y recuperando su poderoso pasado industrial y, por tanto, social y político.

Llegando a esta etapa casi final se descubre que este viaje ha servido para algo, se alcanza a vislumbrar las respuestas a las cosas que dan sentido a mi relación con la poesía, la búsqueda con la que inicia todo viaje empieza a cerrar todos sus pétalos, la primavera misma tendrá una nueva forma menos natural y más social. Se despiden y se dejan ir cosas importantes, asumiendo que son parte de tus mismísimos huesos, descubrimiento que se hace ya en el crepúsculo de la historia, en el lubrican del final del día.

Finalmente, y por fin, se desvela la conciencia como motor de la Dialéctica de la Primavera y se descubre la poesía como arma de futuro y al poeta como alguien que debe dejar su poltrona de flores y de perlas y bajar al fango a ayudar a los que recogen las azucenas. Así anochece, y el poeta es partisano y alguien del pueblo y ha entendido por fin su relación con la poesía y función social de la misma.

Llega la medianoche, cargada de formas oníricas de nuevo. El poeta se fusiona del todo con los intereses del proletariado y trata de poner la poesía sobre sus manos vacías, para alimentar la conciencia de clase ahora tan perdida para los nuestros. El poemario se transforma en un elemento de reivindicación, que se fusiona con el propio ser del poeta, identificado al completo con la lucha de clases como motor de la historia. Para terminar la poesía aparece al final ya totalmente comprendida como lo que es, en una síntesis resultante de todos los “conflictos” entre ella y el poeta que se han ido presentando a lo largo de Dialéctica de la Primavera. 

YA DISPONIBLE EN LIBRERIAS Y ONLINE

https://www.casadellibro.com/libro-dialectica-de-la-primavera/9788418394799/12952757

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